Quito,
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LA CASA DE LAS MUÑECAS

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En una iniciativa de la artista Paula Barragán, ‘Casa de muñecas' recoge la obra de 32 mujeres que se reunieron a coser.


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Jugar con muñecas. Una de esas actividades de hace años, sentadas sobre el piso, o en la cama, o en el patio, donde sea. Todos hemos jugado con muñecas alguna vez. Las niñas, con las adorables mujercitas de miniatura que se dejaban maquillar y peinar sin protestar, para luego sentarse a escuchar confesiones, pacientemente, en la hora del té. Los niños, a veces, con soldaditos o figuras de acción, que les llevaban a volar con cinturones mágicos o con capas poderosas.

La nostalgia es inevitable apenas a la entrada de El Conteiner, galería de El Pobre Diablo. Las muñecas llaman a jugar a sus visitantes, a recordar los primeros años para no dejarlos abandonados nuevamente.

Con seguridad, la de Paula Barragán es la misma mirada de ternura que tenía para sus muñecas cuando niña. Solo que ahora las ve a gran escala, como la realización precisa, resultado exacto de la mezcla entre arte, charlas interminables, costura y feminidad. La exposición ‘Casa de muñecas' empezó a tomar forma hace tres años, a propósito de un proyecto presentado al Municipio de Quito, y que se hizo extensivo a un grupo de costura convocado por la también artista Ana Fernández, que ya se había reunido algunas veces.

"Es un juego de niños, para grandes", dice Paula, al hablar sobre ‘Casa de Muñecas'. De un grupo de costura, se han creado 32 muñecas de tamaño natural, que se convirtieron en los lienzos (partituras, micrófonos, escenarios, cualquier soporte artístico) de mujeres de tantas y muy distintas características y expresiones.

Sentarse a coser forma parte del espíritu de esta ‘Casa de Muñecas' tan particular. A partir del grupo de costura, Paula y otras artistas se han reunido periódicamente, en casas itinerantes, no solo a coser sino a jugar, a conversar, a contarles historias a esas muñecas en construcción. Y el resultado del proceso son muñecas que cuentan historias. Cada puntada, cada pequeño proyecto (un brazo, una pierna, el rostro, los detalles) es una historia que, sin palabras, se vuelve rica y expresiva.

Hay muñecas tan distintas como artistas que las elaboraron. Hay un muñeco, Manolito de la Vega y Concepción, con su traje de luces y las joyas de la familia a vista e ‘impaciencia' de los visitantes. Hay muñecas de algodón, de nudos, de recuerdos, de ‘viditas', de poemas de amor ("...eres hoy un poco mi centro del mundo..."), de añoranzas y nombres que no se pudieron tener. Y hay una mesa de costura. El pretexto perfecto para quedarse hasta el final, para coser los sueños y las nostalgias, para construir la muñeca propia y volver a jugar con ella.
La muestra estará en exposición hasta el viernes 16 de julio en El Pobre Diablo.

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