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FERNANDO IWASAKI

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El escritor peruano ha conseguido retratar con humor e ironía la sociedad del Perú de su infancia y de la madurez que vive en España.

 

 

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Al otro lado del Atlántico está Sevilla. Ahí vive un historiador de profesión que ya quiere jubilarse para tener más tiempo para leer y escribir. En su casa del campo, atiende nuestro llamado:

Su obra literaria es numerosa, ¿está contento con lo que ha escrito hasta ahora?
Es una pregunta difícil, porque uno tiene la ilusión de pensar que lo mejor está todavía por escribir, pero hay algunos títulos de los que me siento especialmente contento, como el libro de ensayos ‘El descubrimiento de España', la novela ‘Libro de mal amor' y los microrrelatos de ‘Ajuar funerario'. Con todo, a pesar de la satisfacción, al releerlos siempre tengo ganas de quitar algo o añadir alguna cosa. Pero me contengo, porque los libros no deberían retocarse después de haber sido publicados.

Es similar a la analogía de Cortázar entre el texto y la flecha, que se clavará o no se clavará en el blanco....
Sí, aunque a los escritores lo que nos tiene que bastar es saber que ya hemos disparado, que soltamos la flecha y que donde caiga no es ya nuestra responsabilidad. En cualquier caso, lo bonito sería que las flechas germinaran, echaran raíces y se convirtieran en árboles. Pero esa es una hermosa fantasía.

¿Hace la literatura que le gustaría leer?
A veces sí y a veces no. Por ejemplo, para mí los libros de ensayo también son literatura y en ellos sí me permito decir algunas cosas que me gustaría leer o me hago reflexiones con la esperanza de que puedan servirle a otros lectores. Ahora bien, en materia de ficción, tampoco hay que obsesionarse por tocar todos los temas, porque en realidad los grandes temas son apenas cuatro: el amor, la infancia, el exilio y la memoria. Y esos asuntos siempre están diseminados a lo largo de todo lo que uno escribe. Por lo tanto, aunque tenga mucha curiosidad por explorar diversos temas, la vida es demasiado breve y seguro que no tendré tiempo para todo.

¿Se considera un escritor idílico? Es decir: lector de niño, con la certeza que escribirá de grande, inspirado por la musa...
No, por desgracia no. Creo que aquella estampa quedó abolida a mediados del siglo XX, cuando la literatura todavía era banquete de ricos y dieta de bohemios. La clase media contemporánea no puede depender de las musas y, por eso, para poder escribir, le hurto tiempo a mi familia o me privo de cualquier otro esparcimiento, precisamente para crear una obra personal. Por lo tanto, no creo que existan más escritores idílicos, porque la vida contemporánea ya no consiente que alguien escriba desde una torre de marfil o desde una buhardilla zarrapastrosa. Sí me considero, en cambio, un escritor clásico, entendiendo por clásico que soy esencialmente un lector y que la lectura me condujo la escritura y no al revés.

¿Sueña con hacer el libro de su vida, en el sentido de la obra monumental?
Pues la verdad es que no, porque libros como ‘Fausto', ‘El Quijote' o ‘La Comedia'
son obras maravillosas que marcaron épocas, y suponer que uno es capaz de hacer algo así es demasiada pretensión. Además, no creo que en el transcurso de mi propia vida -y ni siquiera en la de mis hijos- algo así pueda decirse sobre cualquier libro que yo haya escrito. Me alegra, sin embargo, que libros de otros escritores que he conocido, como ‘Los detectives salvajes' de Roberto Bolaño, disfruten hoy de la unanimidad que todos le reconocemos: ser una novela a la altura de las mejores novelas latinoamericanas del ‘boom', como ‘Cien años de soledad', ‘Conversación en la catedral', ‘Terra nostra' o ‘Rayuela', por no citar cualquier libro de Borges. Pero la verdad es que no veo que ningún libro mío vaya por ese camino.

¿Su respuesta obedece simplemente a un acto de humildad?
No, creo que es realismo y ni siquiera realismo mágico. En lo último que debe pensar un escritor es en el reconocimiento. En el conocimiento sí, pero en el reconocimiento, no.

¿Ha dejado un tema de lado por considerarlo muy revelador de su persona?
La verdad es que los escritores somos bastante desaprensivos con nuestra propia vida, porque muchas veces la convertimos en materia de ficción. Me parece un ejercicio bueno, sano y si además uno es irreverente consigo mismo, la ficción gana en espesor humano y verosimilitud. Cuando he escrito acerca de mí, por ejemplo, me he reído de mí mismo y así he podido compartir mi manera de ser y de pensar. Por contra, existen otros temas que me gustaría tratar más adelante, porque tienen que ver con la ternura y los sentimientos, y eso me va a exigir mayores esfuerzos, porque el pudor de compartir los sentimientos es mucho mayor. Pienso que en la literatura Latinoamericana los escritores -subrayo, varones- fracasamos cuando escribimos acerca de la ternura individual o los sentimientos más íntimos, a veces por prejuicio y otras por pudor.

En relación con su ‘Libro de mal amor', ¿existiría el libro del perfecto amor?
Pues ojalá que no. Para mí el amor perfecto siempre debería ser resultado de alguna forma de sufrimiento, en el sentido más positivo de la expresión. La palabra "compasión", por ejemplo, siempre la asociamos a significados que no le hacen justicia como la pena o lástima hacia alguien o algo; pero compadecer también podría ser "padecer juntos" y creo que en el amor hace falta mucha compasión, porque las personas cuando se aman padecen juntas, disfrutan juntas y se realizan juntas. Entonces, no puedo imaginar un amor perfecto exonerado de dificultades, sufrimientos, esfuerzos y sacrificios.

¿Cuál cree que es el arma más efectiva para el amor?
Sin duda, la verdad. Perdemos demasiado tiempo mintiendo, escondiendo e incluso callando. Si desde el comienzo se ponen las cartas sobre la mesa, descubriríamos lo infalible que es la verdad.

En los cuentos de ‘Helarte de amar', así como en otros títulos de su obra , parece que la mujer pone impedimentos, porque el hombre está siempre de cacería, ¿es una apreciación válida?
No era tan consciente de haber propuesto algo así. Probablemente sea consecuencia de la edad de los personajes o de los contextos culturales en los que nos movemos. Tampoco descarto nuestra mentalidad latina, siempre propensa a entronizar donjuanes, casanovas y otros protagonistas masculinos parecidos. Sin embargo, en la vida real quienes eligen de verdad son las mujeres, porque solo las mujeres son capaces de entrever cómo somos en potencia y no solamente en acto. Por eso, detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer, que a veces es tu esposa y otras, tu mamá.

Si tuviera que escoger, ¿con qué se quedaría de Perú, España y Japón?
De Perú con la infancia, de España con la madurez y de Japón con la vejez, porque he oído que los japoneses viven más.


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