By A Web Design
| Lunes, 09 de Julio de 2012 00:00 | ||||
|
MALAYERBA, UNA CASA QUE NUNCA MUERE
Mediaban los noventa y en esa mañana luminosa las palomas estaban más locas que nunca. En el altillo revoloteaban armando un escándalo que me cosquilleaba por los muros y bajaba por las escaleras. Mientras se extinguía el siglo, yo también tambaleaba, y crujía toda. Ya ni recordaba cuántos años llevaba en pie, debían ser más de 70, pero parecían siglos. A través de las ventanas curioseaba quiénes llegaban hasta la vecina Capilla de El Belén. Entonces lo vi. Él, con la tez morena y un caminar extranjero, cruzó el portón de la plazoleta y me quedó mirando. Aún no alcanzaba a imaginar, que ese hombre llamado Arístides Vargas, con su grupo de teatreros me convertiría a mí, una vieja casona patrimonial, en la Casa Malayerba. Yo los escogí para que me habiten, porque sabía que hace tiempo les hacía falta una casa. Sobre todo a Charo Francés, Pepe Rosales y Arístides, tres de los fundadores del grupo de Teatro Malayerba, que por una y otra razón habían llegado desde España, Chile y Argentina para exiliarse en el Ecuador. Fue así que en ese primer encuentro con el lugar, Vargas tuvo la certeza de que este era el espacio que andaba buscando. Soy un chalet de tres pisos que para entonces costaba el doble de lo que ellos habían reunido en una gira por Francia con la obra ‘Jardín de Pulpos'. Pero la decisión estaba tomada y en un mes debían reunir el resto del dinero. Vendieron lo que tenían, y con las donaciones de amigos lograron comprarme. Pero aún faltaba una ardua y costosa restauración. Algunas compañeras lijaban, desnudando la madera de mis ventanas. Mi cocina fue transformada por el escenógrafo mexicano Fernando Roble; que a cambio de hospedarse un tiempo, intervino los muebles pintándolos de rosa. Recuerdo que un día cansado de ver paredes por todos lados, Arístides agarró un martillo y quería botar una gran pared que dividía el espacio, donde ahora funciona el teatro, en el tercer piso. Asustada, aguantaba los golpes. Allí era donde ensayaban y cuando saltaban toda yo me estremecía, abrazando el vértigo del descalabro. Hasta que la organización holandesa Hivos decidió financiar la recuperación. Por fin dormí en paz. Con ‘Nuestra señora de las nubes', en el 2000 se inauguró el teatro. Desde entonces, el viejo palomar del tercer piso se convirtió en el escenario para el teatro alternativo, donde revolotean ficciones. Esa obra inaugural, una vez más volvió a ponerse en escena durante el Primer Encuentro de Teatro y Democracia en Solidaridad con la Casa Malayerba. Y es que esta vieja, como buena hierba mala, se niega a morir. Y, al contrario, en encuentros como este, que ha reunido a grupos teatrales de diferentes lugares del país, ellos y yo volvemos a nacer. Como dice Arístides: "Esta es la casa de los artistas conscientes de su rol ético en la sociedad. No hemos muerto a pesar de un montón de crisis y un montón de años...". ( 11 Votos ) |

