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| Domingo, 08 de Julio de 2012 00:00 | ||||
CROMÁTICA DE LA FE Y EL ARTE POPULAR
No parece un sacerdote. Pero la vocación y la fe se llevan por dentro. "Usted no se imagina un cura sino con sotana, pero a mí nunca me va a ver así. Súbase a los buses con sotana a ver cómo le va. Si ahí me empujan, me enredo con mi sotana y me voy de cara al suelo. Ya no es práctico. Talvez antes en el Quito franciscano funcionaba eso, ahora ya no", dice Tito Heredia.
El padre Heredia también es artista y ha consagrado 21 años a la obra plástica, igual tiempo que a la ordenación sacerdotal. El encuentro con el arte se dio en su infancia. Su padre impulsaba el talento de su hijo, rodeándole de libros de historia del arte, pinturas y hojas blancas que él transformaba con el color. Años después, cuando terminaba la carrera de Teología en la PUCE, empezó el estudio formal en el taller de Elvia Chávez de Tejada, quien, junto con su esposo Leonardo Tejada, fue una de las primeras investigadoras sobre el arte popular ecuatoriano. Es ahí donde Heredia, considerado hoy como uno de los principales exponentes del arte religioso contemporáneo, reconoce el valor del arte popular para cada país, como una expresión genuina, libre de influencias o academicismos; en sus palabras: "El artista popular no quiere ser Picasso ni Matisse, solo desea exteriorizar su apreciación estética". Su obra se asemeja a una fiesta popular en la que se celebra la vida. Ahí habitan los tonos vivos de las faldas de las mujeres indígenas que danzan; el juego de las mascaradas; los personajes de la tradición nacional; el estallido de los fuegos artificiales y también la fe de la gente. "Quiero que mi obra sea eso: alegría, color, ecuatorianidad y que al ver una de mis obras, la retina vibre con la vitalidad de los matices", expresa el artista. Tito Heredia recuerda que Leonardo Tejada decía, "el artista es un artesano iluminado". Sus objetos de arte rinden homenaje a la artesanía nacional: muñecas de trapo de las cajoneras; colgantes inspirados en los motivos originales de las figuras de mazapán de Calderón; adornos de navidad de hojalata; grabados que aluden a las velas de los priostes; túnicas con los bordados de Zuleta; óleos que retratan las máscaras de los danzantes de Tigua... Heredia forma parte del clero diocesano y es párroco de La Merced, en el valle de San Rafael. Ahí, en medio del verde y la paz de las poblaciones rurales, produce su versátil obra en pintura, grabado, escultura y artesanía. "En la madrugada, a mí se me quita el sueño, porque estoy pensando en cómo resolver alguna obra. Entonces me levanto a crear... No siento que le estoy robando el tiempo a mi Dios ni a la Iglesia a la que quiero tanto", confiesa. La religiosidad popular es el elemento central en su creación. Con una estética barroca, da nueva vida al detente, esas figuras del Corazón de Jesús que servían para protegerse del diablo y las tentaciones. La ironía también está presente en su obra. Por ejemplo, cráneos que sonríen de oreja a oreja y están decorados con tonos estridentes dejan de ser un símbolo de la muerte para convertirse en un grito de vitalidad. Algo similar sucede con una de sus más recientes creaciones: el altar a Eloy Alfaro. Con humor, el padre Tito Heredia cuenta que este es una "vil copia" del altar que tenía su abuelo. "Alfaro fue un buen ecuatoriano, nunca le ha faltado méritos para estar en el altar del corazón de los ecuatorianos, pero lastimosamente es una figura manipulada políticamente. En este ambiente, en el que hasta las cevicherías llevan el nombre de Eloy Alfaro, entonces lo mínimo que puedo hacer como cura es rendirle tributo y por eso reproduzco el altar que tenía mi abuelo". ( 0 Votos ) |




